miércoles, 11 de agosto de 2010

Alumnos agresivos

En este curso hay un par de chicos que se me vuelven difíciles. Se la pasan hablando y riéndose. El típico caso de los que quieren llamar la atención. Por eso, casi siempre, forman parte activa de la clase, ya sea en el rol de interlocutores cómicos míos o cumpliendo cualquier otra función.
Ese lunes me habían colmado la paciencia porque tenían que hacer un trabajo evaluativo y tenían que estar callados, cosa que algunos no pueden hacer. Había tenido que ponerme seria un par de veces, hacerme la enojada, la amenazadora, pero nadie me cree. Me senté al escritorito (uno chiquito con rueditas que parece una mesa de televisor), un poco preocupada porque me daba miedo de que me estuvieran tomando por una profesora sin carácter.
En eso estaba cuando empiezo a tener un intercambio con una chica que se sienta pegado al pizarrón. Yo le decía algo y ella me contestaba con marcada agresividad, con una agresividad tal que no podía ser real. Es una alumna con carácter fuerte, pero que conmigo es buena, una que se había llevado un libro de Bécquer el día anterior, pero que había traído sin leer porque (aunque me dijo que leía poemas clásicos) le parecieron "una porquería esas rimas, re truchas". Me hacía reír su rapidez al contestar y hasta creí descubrir cierta velada sonrisa detrás de cada contestación. No dudé de que fuera una broma, remedando el intercambio que había tenido con sus compañeros, en el que yo había intentado pasar por una profe con carácter. Y seguimos unos minutos más, ida y vuelta, hasta que me pongo a llenar el libro y se corta el ping pong. Cuando levanto la vista, la chica estaba lista para el segundo round. Los ojos le brillaban de furia. Fue ahí cuando pensé que algo no andaba bien, entonces la miro a su compañera de banco y me dice: "Y sí, ella le había dicho que estaba mal".
- Pero entonces, me estuvo hablando siempre en serio?
- Claro, si está re mal- me repite la compañera.- Venga y siéntese un poco acá que le tiene que hablar.
Y ahí empezó.
Hacía tres semanas que se le había muerto el sobrino en un accidente en una moto. Uno sobrino de la edad de ella, un quinceañero que vivía solo con la abuela porque los papás habían formado otras familias y no lo veían nunca. El chico no iba a la escuela, trabajaba y no andaba en nada raro. Por lo menos hasta esa semana antes de morir. Parece que había robado una moto el día anterior, parece que un pibe de otra banda lo había entregado a la policía, parece que la policía lo encerró mientras iba en la moto, lo atropelló y la ambulancia tardó de 40 minutos a una hora en irlo a levantar. De ahí lo llevaron a no sé qué comisaría para averiguación de antecedentes. Y a un hospital (que no entendí cuál era), antes de terminar en el HECA. Pero ya era demasiado tarde: el pibe estaba reventado por dentro y hasta le tuvieron que cortar una pierna. Duró una sola noche. La noticia del diario (que escribió nombre y apellido del chico) dijo que la policía, en cumplimiento de su deber, había atropellado a un pibe que se estaba fugando luego de robar una moto.
Todo eso me contó. Y siguió con detalles, desde el entierro hasta la semana previa en la que se fue despidiendo de todos, como si hubiera sabido. La chica me estaba contando la historia del sobrino, pero lo que yo escuché es la historia de miles de pibes villeros que se mueren a manos de la policía con total impunidad y anonimato ante la vista cómplice de los ciudadanos honestos que piensan: "Bue, uno menos" (uno de los cuales podría perfectamente ser el profesor o profesora que viene después del recreo).
Me dijo que no podía dormir pensando en lo que había sufrido el sobrino antes de morirse, que el fin de semana había tenido cuarenta de fiebre y que a pesar de todo había rendido la previa de inglés. Todo eso me contó, y la abracé y le di un beso. Me ofrecí a hacer de intermediaria para que se reuniera con la sicóloga escolar, porque alguien tiene que escucharla y decirle algo que le sirva y le dé un poco de paz. Yo mucho no sé qué decir, le dije, y es verdad. Aunque creo que no tenía que hacer más que eso: escuchar.
En eso tocó el timbre y los hinchacocos que no paran nunca de hablar salieron en tropel.
De repente me dije que si el precio que tengo que pagar por estar cuando me necesitan es pasar a veces por una boluda sin carácter, bueno, si el precio es ése, lo pago gustosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Querés decir algo?